La humanidad entera, estremecida, conmovida, preocupada y afligida, ve con tristeza e impotencia el derrumbe de sus valores frente a esta cruel pandemia que a todos abraza con sus fieros tentáculos de muerte.


Hoy el mundo ha despertado violentamente y sufre la realidad viviente de una catastrófica enfermedad. El Covid19. Sin embargo, la bendita Madre Tierra gira y gira alrededor del sol.
Hay brigadas por doquier y los hombres y mujeres de nítido color blanco, afanados en la noble tarea a ellos encomendada por el Altísimo Creador del Universo, se desvelan, se sacrifican y  entregan al calor de su misión, a la dulce y tierna faena de salvar vidas; vidas preciosas que anduvieron por ahí, desperdigadas y que, hasta ahora reconocemos el valor de su importancia.

Son los médicos, enfermeras, auxiliares de salud, personal de aseo y vigilancia los que apoyados por los hombres de uniforme verde olivo, al igual que la milicia permanente y los abnegados bomberos, cruz rojistas, misioneros del amor, de la luz y de la paz, los que tasan con su influencia el valor de cada día que se esfuma con la muerte.


Muerte cruel y despiadada, de la cual no han escapado ni los reyes ni las reinas, ni los príncipes ataviados de lujosas vestimentas, viviendo en palacios y mansiones deslumbrantes que hoy no valen nada ante el paso destructor del terrible corona virus.


En Honduras, nuestra patria sufrimos en carne propia esta real devastación, y de hinojos le imploramos al Señor de la Humildad nos salve de esta espantosa enfermedad, que, por cierto, la lección que nos enseña es que hay que ser solidarios, amigos de la verdad, ajenos a la hipocresía,el cinismo, egoismo y maldad.

Entonces, tomados de la mano, entonemos himnos y oraciones  pidiendo auxilio y compasión al Dios eterno del universo.
Reconocemos la enorme función que desempeñan los hombres y mujeres que pulsan su talento a través de la ciencia periodística con su singular tarea de orientar e informar día y noche sin cansarse, a la inerme población que tiene que ajustarse al consejo y la visión de un futuro cristalino, ajeno a esta hecatombe que con todos arrasa.


Hoy sí estamos convencidos de que todos somos iguales, que vamos al mismo sepulcro, los ricos y los pobres, los bonitos y los feos, los jóvenes y los viejos. Por eso, elevemos plegarias y oraciones de súplica para que rápido termine esta borrasca que conocemos su principio pero, ignoramos su final.


Impacientes y acelerados los hombres y mujeres, los niños y los ancianos, convertidos en un sólo rebaño, asfixiados y asustados por este colosal derrumbe, ansiamos el despertar de una nueva aurora en un futuro no muy lejano.

Tegucigalpa, M.D.C. 23 de mayo, 2020

eramirezhn@yahoo.com

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