Por: SEGISFREDO INFANTE

            “No soy un hombre de muchos libros. Pero los textos que he leído, los he leído bien”, y además, “conozco algunos trucos poéticos”, expresó José Luis Quesada al momento de iniciar la primera sesión del Taller Literario “Miguel de Cervantes Saavedra”, patrocinado por la Academia Hondureña de la Lengua. Determiné acompañarlo en esta travesía con jóvenes poetas y cuentistas, porque estaba completamente enterado de la fragilidad de la salud del amigo. Incluso hubo un momento en que coincidimos en el Hospital del Instituto Hondureño de Seguridad Social. José Luis estaba interno y yo solía “asistir” a mi quirófano con relativa frecuencia.

            Nuestra amistad no era nada nueva. Creo que he publicado en otros artículos que con “Joseph” nos conocimos a finales de los años setentas y comienzos de los ochentas, en el momento en que estábamos publicando su poemario “Cuaderno de Testimonios” en la vieja Editorial Universitaria de la UNAH, bajo la voluntariosa dirección de Manuel Salinas Paguada (QEPD). Me lo presentó mi amigo de adolescencia Oscar Soriano, y luego fuimos a tomarnos un cafecito dentro de los predios universitarios. Oscar estudiaba Filosofía, y José Luis estudiaba Letras (con orientación en Filología), en la “Universidad de Costa Rica”, más conocida como “UCR”. En la misma época, y en aquella misma universidad, le acompañaba en los estudios literarios el poeta Fausto Maradiaga (QEPD), a quien conocí poco después. Oscar Soriano me conectó con el “Grupo Andrómeda” de San José de Costa Rica. Tanto Fausto, “Joseph” como el autor de estos renglones, publicábamos en la revista “Andrómeda” de aquel grupo de jóvenes costarricenses, integrado por poetas, cuentistas, ensayistas y corredores de arte. Nunca olvido a aquellos desprejuiciados amigos ticos (sobre todo Alfonso Peña), con quienes logré conversar varios años después, allá por 1991 ó 1992, en la ciudad de San José, y sus alrededores.

Asumo que hubo una cierta empatía inmediata entre José Luis y yo. A pesar que el hombre era como huraño, o cuando menos distraído (casi todos los buenos poetas son distraídos), nuestra afinidad vino creciendo con el discurrir de los años. Recuerdo que durante los decenios del ochenta y del noventa del siglo próximo pasado, me entregó varios poemas para ser publicados en el Boletín Literario-Informativo “18-Conejo”. No recuerdo, por ahora, si acaso me entregó también para la Revista “Caxa Real”. Tales poemas cuentan con historias peculiares. Algunos nunca han sido incluidos en ningún poemario de Quesada, pero logré llevármelos bajo el brazo para Suiza, a fin de releerlos en soledad.

Como varios autores refieren y habrán de referirse estrictamente a la poesía de José Luis Quesada prefiero, sólo por hoy, detenerme en ciertas fases y facetas de orden personal, desconocidas para la gente. Sin olvidar que quizás (sólo quizás) fui el primero en afirmar, en un par de renglones de “18-Conejo”, que José Luis se había consolidado como poeta al publicar “Sombra del Blanco Día”. Tal afirmación se encuentra impresa para siempre.

Durante la década del noventa y comienzos del presente siglo, logramos estrechar aún más la amistad, con todas las confidencias incluidas. No le gustaba la poesía política o panfletaria. Tampoco le gustaba hablar mal del prójimo. Decía que el mundo de las letras hondureñas estaba “plagado de maledicencias”. Sin embargo, hubo cuando menos una excepción de la regla. Recuerdo que le escribió un soneto rimado, muy divertido, a un prestigioso poeta hondureño que lo había desdeñado y maltratado en múltiples ocasiones. Recuerdo, además, que los amigos del “Grupo Andrómeda” me comentaron que ese mismo prestigioso poeta había hablado muy mal de José Luis en San José, Costa Rica.

Nunca me gustó decirle “Pepe Luis”. Preferí el sobrenombre derivativo de “Joseph”, mismo que el amigo aceptó gustosamente. Nos reuníamos en el antiguo “Ducan Mayan”, en el Barrio Abajo y en la misma colonia Cerro Grande, en donde éramos vecinos. En la salita de mi casa hay una pintura realizada por José Luis, que él me obsequió espontáneamente. Se trata del rostro de Jesús de Nazaret, basada en un estudio de la NASA sobre el rostro que aparece en el Manto de Turín. La pintura realmente es bellísima. Creo que es el mejor trabajo pictórico del especial amigo “Joseph”.

Hace unos seis años me lo encontré acongojado bajo un farol, y me insinuó que tenía ciertos problemas como director de la “Hemeroteca Nacional”, y que si acaso yo podía escribir un artículo para apoyarlo. Inmediatamente lo redacté y salió publicado en “La Tribuna” dominical. De hecho le dediqué dos o tres artículos en vida, incluyendo uno sobre su libro de cuentos. Ahora sólo queda nuestro profundo pesar por su fallecimiento, y el verbo pendiente respecto de su magnífica obra poética. Querido y admirado amigo “Joseph”, siempre estarás en nuestro corazón. Que tus hijos y tus hijas sepan sobrellevar tu ausencia con la resignación cristiana que predicaste al grupo de tus congregados religiosos, al cual me invitaste varias veces, y que lamentablemente nunca pude asistir ¡!Sea!!

Tegucigalpa, MDC, 29 de septiembre del año 2019. (Publicado en el diario “La Tribuna” de Tegucigalpa, el domingo 06 de octubre de 2019, Pág. Cinco).          

 951 total views,  1 views today

Dejar una respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here