Por Juan Ramón Martínez

Estoy obligado a ser coherente. De allí que, con los mismos criterios que juzgué la acusación en contra de Manuel Zelaya, valoro la que hacen contra de JOH. En términos jurídicos, es una declaración que debe ser manejada por fiscales y valorada por los jueces. No es verdad revelada. De forma que, para los efectos correspondientes, –especialmente como es mi caso, la acusación es de carácter referencial–, JOH es inocente. Hasta que se demuestre lo contrario. Por lo que, le creo cuando dice que, es víctima de una venganza de los que, por su culpa, –que no niega–, han sido extraditados y condenados por los tribunales de los Estados Unidos. Fuerte argumento. Un juez, sin embargo, puede cambiar esta correlación. Lo que no ha ocurrido.

Políticamente –no digo partidariamente, porque debemos diferenciar las pasiones de los juicios racionales de la política como arte y ciencia– la acusación tiene efectos negativos. No solo contra JOH, sino que, en contra de Honduras. Especialmente porque aquí, por defectos del sistema democrático que no hemos querido corregir, la figura presidencial está singularmente integrada con la nación hondureña. En Estados Unidos, el presidente no representa a la nación. En Honduras, por debilidades sistémicas, el ataque al Presidente de la República, es simultáneamente, un ataque a la nación. De forma que cuando CNN y Univisión, se ensañan en contra de JOH, su gobierno y sus resultados, nos termina llevando a todos de encuentro, especialmente cuando sus periodistas no disimulan su odio en contra de JOH, al tiempo que muestran una rara y afectuosa inclinación por el grupo que, más cuestiona al gobernante hondureño. Por ejemplo, llama la atención cómo Gabriela Frías de CNN, rinde su talento, ante las falencias de Hugo Noé Pino, aceptando sus argumentos en la reducción de la pobreza en tiempos de Zelaya, certificados por CEPAL, y rechaza los mismos, cuando son usados para validar los progresos económicos logrados hasta ahora.

Hay que reconocer que Honduras, su pueblo y JOH, tienen casi toda la prensa mundial en su contra. Hablar mal de Honduras, es el deporte favorito de todas las redacciones. Hasta el mismo Trump, cuando ofende a los demócratas de Baltimore, nos usa referencialmente, como basura sucia y enfangada. Porque el sistema diplomático, –demasiado personal y sin méritos individuales en la mayoría de los casos, y basado en amistad con JOH–, ha sido rebasado por las circunstancias. Y porque los intelectuales de la izquierda nostálgica, son apoyados por los medios del exterior, al grado que, solo a ellos entrevistan. Y con un cariño maternal escandalizante. Fue cómico ver a Cristina Saralegui, vencida ante los “encantos” de Zelaya, al extremo que le pudo mentir y engañar impunemente, porque estaba emocionalmente arrobada, ante el “macho latino” que representaba nuestro ilustre compatriota.

Las acusaciones contra JOH tendrán efectos políticos inmediatos. Sus enemigos, innecesarios e incomprensibles porque no se merece tanto odio, aprovecharán la situación. No solo para hacerle daño personal, sino que para paralizar al gobierno y comprometer a la burocracia, en acciones que redundarán en contra de los esfuerzos en favor de superar la crisis económica, de seguridad y gremial, que estamos pasando. Otra vez, el daño a JOH, será daño a Honduras y a los más pobres, que son los que más pagan, en estos casos.

El odio y la polarización que estamos viviendo, encontrará en estas acusaciones — sin necesidad de prueba, porque los enemigos de JOH, lo condenarán antes que haya alguna suficiente– una fuerza emocional adicional, para enfrentarnos a hondureños en contra de hondureños. Y nos empujará, sin duda, a los prolegómenos de una guerra civil larvaria que, algunos están cultivando. Zelaya, se justificará en que la acusación es, peor para JOH, que para él. Y sus corifeos, como se ha hecho siempre, repetirán que el corrupto solo es el otro, porque el correligionario y el líder, es inocente, sin duda. Y los sectores democráticos que consideran a JOH un mal menor, harán lo mismo. Pero en sentido contrario. Con lo que, al final, seguiremos perdiendo la capacidad para el juicio analítico, olvidando que un país, no puede ser orientado por los acusados en los tribunales de los Estados Unidos. Más bien, debemos entender que, para sobrevivir, necesitamos producir nuestros propios juicios y valores. Elaborados, fuera de las cárceles.

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